REFLEXIONES SOBRE LA CARIDAD

Abbé Henri Stéphane

 

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo» (Mat. XXII, 34-40). Tal es el primero de todos los mandamientos, al cual se sujeta toda la Ley y los Profetas; ver ahí una «ética», un «altruismo» o una «filantropía» cualquiera es no solamente un infantilismo, sino un error (cf. Cor. XIII,3)

La Caridad es un misterio como Dios mismo: misterium caritatis. «Dios es Caridad» (1 Juan IV, 8), pero Dios es Luz igualmente (1 Juan I,5). Es decir que la caridad no debe estar separada de la verdad (cf. Fil. I,9), y en consecuencia de la humildad. Estas son las tres «virtudes espirituales» que deben «transfigurar» el alma. La caridad sin la verdad es una ciego que conduce a otro ciego. «Amarás al prójimo como a ti mismo» no significa de ninguna manera que uno debe buscar el darle gusto como uno se daría gusto a si mismo: eso es una tontería y una demagogia. La verdad debe iluminar esta palabra: debo amar a mi prójimo como a mi mismo. Pero ¿quién soy yo? Nada, una nada (negativa) ante Dios. Y debo de llegar a ser una «nada» (positiva) -o virgen- para que el Padre engendre en mi al Hijo Unico: tal es la humildad perfecta. Lo mismo es para el prójimo. Debo amar esa «nada» que, el también, se identifica misteriosamente con la Virgen en quien se realiza la operación del Espíritu Santo, o la Encarnación del Verbo. Reencontramos aquí el misterium caritatis que es Dios mismo. Dios no puede dar otra cosa que a si mismo. El «Don de Dios», que es el tema de la conversación entre Jesús con la Samaritana, es Dios mismo. Tal es el significado corriente del misterio trinitario: el Padre engendrando al Hijo le hace don de la Divinidad; el Padre y el Hijo respirando al Espíritu le hacen don de la Divinidad, e inversamente. Está por lo tanto bien establecido que la caridad se identifica con Dios mismo.

En el plano humano, es por lo tanto una imposibilidad y un absurdo el querer amar al prójimo como a si mismo. La caridad es un misterio, no es un altruismo. Es por lo tanto imposible que un individuo humano tenga la caridad de la que aquí se trata hacia otro individuo humano, ya que la ilusión altruista esta al mismo nivel que la ilusión egocéntrica. Un progresista no comprenderá nunca esto, o dejará de ser progresista.

Cuando la individualidad humana se ha borrado -misterio de la humildad- hasta el punto de realizar la perfecta virginidad de María, entonces solamente una tal individualidad transfigurada es mi prójimo, y yo soy su prójimo, habiendo realizado uno y el otro la «proximidad divina» que es el misterium caritatis. Pero entonces, ya no es más el individuo X el que da la limosna al individuo Y: es Dios que da Dios a Dios.

«Lo que hagáis al más pequeño de entre los míos, es a mi mismo a quien lo hacéis» (Mateo XXV, 40). El «más pequeño» de entre los míos no significa el «sub-proletario» o el hombre más miserable: esto quiere decir aquel que ha realizado la humildad perfecta de la que hablábamos más arriba, «Porque el Reino de los Cielos es para los pequeños y aquellos que se les parecen» (Mat. XIX, 14)

«Amar al prójimo como a si mismo», es realizar el misterium caritatis; es decir realizar en él y en mi esta transparencia del alma que permita a la Luz increada dispersar las tinieblas de la ilusión egocéntrica y altruista. Ya no hay más ni «yo» ni «tu», sino El, el Paráclito, el Consolador, el Amor increado, el Espíritu de Verdad que procede del Padre, único Principio de Unidad capaz de disolver los «nudos» del ego, y de romper los límites de la individualidad: «esta divina Persona como espirando de su espiración divina, eleva y dispone el alma de una manera muy elevada a espirar ella misma en Dios la misma espiración de amor que el Padre espira en el Hijo y el Hijo en el Padre, y que es el mismo Espíritu Santo que ellos espiran en ella en esta transformación». Es a este nivel de la Unión transformante donde se sitúa el misterium caritatis. Toda la caridad de aquí abajo no es más que la sombra de ello, o todo lo más el símbolo.

Terminaremos con algunas consideraciones sobre la realización del misterium caritatis con relación al prójimo en su «modelo» histórico: el misterio de la Visitación de María a su prima Isabel, y este relato servirá de ilustración a todo lo que acabamos de decir.

El Misterio de la Anunciación acababa de realizarse en María, y el misterium caritatis exigía que fuese comunicado al «prójimo» figurado aquí por Isabel. Dice el Evangelio «En aquellos días se puso María en camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo» (Luc I, 39-42). No se puede describir mejor el contenido esencial del misterium caritatis: María, portadora del Verbo encarnado, saludó a Isabel que fue colmada del Espíritu Santo. Tal es el «Don de Dios» a Isabel, a través de María. En respuesta, Isabel colmada del Espíritu Santo, rinde honor a María: «Bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre» (Luc I, 42)

Este episodio evangélico «encarna» en el plano humano el misterium caritatis con relación al prójimo: se trata en definitiva, que siguiendo el ejemplo de María, el alma Virgen y portadora del Verbo haga estremecerse en el seno del otro al niño Juan el Bautista, es decir el Precursor que reconoce a Cristo, y que a continuación de este «reconocimiento», el alma del prójimo queda llena del Espíritu Santo.

 

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